CARTOGRAFÍA EMOCIONAL
DOLORES MENDOZA GONZALEZ
MI MADRE
Dolores Mendoza González nació en El Prado Checa, en La Redondela, el 30 de octubre de 1938. Era hija de José Mendoza Espeleta y Antonia González Pereira.
Mi madre nació durante la guerra.
Mis abuelos fueron arrastrados por la Guerra Civil. Mi abuela estaba embarazada y mi abuelo fue obligado a ir a la guerra con las tropas de Franco. Escapó varias veces, poniendo en riesgo su vida y evitando ser fusilado. Su historia estuvo marcada por el miedo y la supervivencia.
Mi madre fue la primera de los siete hijos que tuvo mi abuela. Ser la mayor significaba asumir responsabilidades desde muy pequeña. Tenía que cuidar y criar a sus hermanos mientras su madre se marchaba cada día con la burra hasta Isla Cristina para vender verduras, huevos, leche y otros productos del campo.
Mi abuela recorría más de una hora de camino al salir el sol y regresaba por la tarde. Muchas veces hacía ese trayecto estando embarazada.
A mi madre le robaron la infancia.
No tuvo apenas posibilidad de ir a la escuela. Su vida estaba llena de obligaciones, de trabajo y de responsabilidades hacia los demás. No había tiempo para jugar ni para imaginar otra vida.
Fue creciendo y se convirtió en una adolescente de grandes ojos verdes y una sonrisa sugerente. Los pretendientes fueron apareciendo en las fiestas populares, en la Virgen Bella, en Semana Santa, en Las Columnas. Pero ella tenía algo claro: quería casarse con un hombre que no trabajara en el campo.
En 1962 se casó con mi padre, Mario. Fue una boda por todo lo alto en La Redondela. Después hicieron su viaje de novios a Sevilla y Córdoba y se fueron a vivir a Algeciras.
Pero allí mi madre se encontró sola.
Mi padre trabajaba en el mar y podía pasar días, incluso meses, fuera de casa. Vivían en una habitación de la casa de una mujer, madre soltera, con la que mi madre llegó a hacerse amiga.
No puedo saber exactamente cómo fueron aquellos primeros meses porque entonces todavía no había nacido. Solo puedo imaginar lo que debió significar para una mujer acostumbrada a trabajar desde niña, rodeada de sus padres y de sus hermanos, encontrarse de repente sola, en una ciudad que no conocía y sin aquella familia que siempre había estado a su alrededor.
A los dos años de casarse se quedó embarazada de mí. Su hermana Juana la acompañó durante un embarazo que ella recuerda como penoso.
Mientras tanto, mi abuelo decidió marcharse a Barcelona para trabajar en la construcción. El campo era una vida dura y llena de incertidumbres: dependía de las lluvias, había que trabajar de sol a sol y, muchas veces, ni siquiera alcanzaba para cubrir los gastos de los animales y de los trabajadores.
Mi madre tampoco soportaba aquella soledad mientras mi padre continuaba trabajando en el mar.
Finalmente consiguió convencerlo para que también fueran a Barcelona y se instalaran junto a mis abuelos.
Allí nacimos mi hermana y yo.
Barcelona fue el comienzo de otra vida para nuestra familia.
Pero cuando pienso en mi infancia recuerdo a mi padre como un hombre que estaba casi siempre fuera trabajando. Cuando estaba en casa era un hombre habilidoso, un «manitas», capaz de arreglar muchas cosas. Mi madre, en cambio, estaba siempre allí.
Y durante muchos años tuve la sensación de que ella no era valorada.
Nunca sentí que mis padres fueran un matrimonio feliz. No sé exactamente qué había entre ellos porque muchas cosas pertenecían a su intimidad y yo solo podía percibir lo que ocurría desde mi lugar de hija.
Mi madre siempre ha sido una mujer muy religiosa y muy firme en sus ideas. Necesitaba que las cosas estuvieran bien hechas, aunque lo que significaba «bien hecho» fuera, muchas veces, su propia manera de entender la vida.
Durante años habló de mi padre con dureza. Me costaba escucharla porque casi nunca encontraba palabras buenas para referirse a él. Con el tiempo dejó de hablar de él, pero tampoco recuerdo que aparecieran demasiadas palabras de cariño.
Y todo eso también ha formado parte de nuestra relación.
Me cuesta decir que siempre me ha resultado fácil querer a mi madre.
Durante estos dos últimos años, viviendo con ella, he empezado a mirar nuestra historia de otra manera.
No significa olvidar lo que ha sido difícil.
Significa intentar comprender.
Comprender que aquella mujer que hoy conozco también fue una niña a la que le robaron la infancia. Una niña que no tuvo tiempo para jugar, estudiar ni soñar. Una niña que aprendió muy pronto que la vida era trabajar, cuidar de los demás y cumplir con sus obligaciones.
Quizá muchas de las cosas que me han costado de ella también nacieron allí.
Y ahora empiezo a poder mirar a mi madre no solamente como mi madre, sino también como aquella niña que fue.
Yo soy parte de ella, igual que soy parte de mi padre.
Y aunque nuestra relación haya sido difícil, reconozco en mí muchas cosas que vienen de ella: soy trabajadora, luchadora, resistente y tengo esa capacidad de seguir adelante incluso cuando las circunstancias no son fáciles.
No todo lo que heredamos de nuestros padres son recuerdos.
También heredamos maneras de mirar, de resistir, de trabajar y de enfrentarnos a la vida.
Quizá comprender eso no cambia el pasado.
Pero sí puede cambiar la manera de mirarlo.
