CARTOGRAFÍA EMOCIONAL

MARIO FRANCO MATA


1954 Mario Franco Mata

MI PADRE

Mario Franco Mata nació en Isla Cristina el 12 de agosto de 1935, hijo de José A. Franco Rodríguez y Rosa Mata Flor. Fue el último de una familia numerosa de once hermanos.


La historia de mi padre comienza mucho antes de que yo pudiera conocerla. Estos fueron los hijos de mis abuelos:

Antonio, nacido el 4 de agosto de 1915.

Manuel, nacido el 15 de abril de 1917.

José, nacido el 19 de noviembre de 1918.

Bella Rosa, nacida el 15 de agosto de 1920.

Manuel, nacido el 14 de julio de 1921.

Jesús, nacido el 26 de septiembre de 1924.

Juan, nacido el 18 de abril de 1926.

Manuel, nacido el 4 de noviembre de 1927.

Gildo, nacido el 24 de mayo de 1930.

María Teresa, nacida el 9 de agosto de 1933.

Mario, nacido el 12 de agosto de 1935.


Muchos de mis tíos murieron siendo todavía niños.


Mi abuelo José era un gran negociante. Tenía una tienda que, por lo que me han contado, era como un gran almacén del pueblo, y también tenía un estanco que todavía existe y que actualmente llevan las hijas de mi prima hermana, Adela Franco Jiménez.

Fue el primero en tener un taxi y un camión en el pueblo. Hoy probablemente llamaríamos emprendedor a un hombre como él.

Pero la Guerra Civil y una enfermedad que no pudo superar acabaron con gran parte de sus bienes y de su patrimonio. Conservó únicamente el estanco.


Mi abuela Rosa siempre tuvo una salud delicada, especialmente por sus problemas respiratorios. Murió en 1946, dos años después que mi abuelo. Mi padre tenía entonces once años y se quedó huérfano. Lo enviaron a un internado. Se crió sin el cariño de sus padres y tuvo que aprender muy pronto a valerse por sí mismo. Aprendió el oficio de mecánico y llegó a ser muy bueno en su trabajo. Comenzó como mecánico de segunda en los barcos que salían a pescar por el Atlántico.


En 1961 se casó con mi madre, Dolores.


Se fueron a vivir a una habitación en Algeciras y mi padre continuó trabajando en el mar. Pasaba días y meses fuera de casa. Mi madre se encontraba sola y su familia seguía viviendo en El Prado Checa, en el cortijo de mis abuelos, en La Redondela.


En 1963 mi abuelo materno, José María Mendoza Espeleta, decidió abandonar el campo andaluz y marcharse a Barcelona para trabajar en la construcción. Se llevó con él a mi abuela Antonia González Pereira y a sus hijos María, Juana y José María. Antonio Mendoza, que estaba haciendo la mili en Galicia, iría directamente a Barcelona.


Mi madre estaba embarazada de mí.


Y fue ella quien consiguió convencer a mi padre para que dejara el mar y también se marchara a Barcelona en busca de un futuro mejor. Así comenzó para nuestra familia otra vida.


Barcelona era una de las ciudades más grandes de España y para nosotros significaba también entrar en un mundo diferente: otra cultura, otra lengua y otra manera de vivir.


Mis abuelos vivían en una casa de menos de cincuenta metros cuadrados y allí llegamos a vivir dos familias. Mis abuelos con sus hijos y mis padres con mi hermana y conmigo.


Muchos años después comprendí mejor todo lo que había significado aquella decisión de dejar Andalucía y empezar de nuevo en Barcelona.


Mi padre volvió a trabajar. Siempre trabajó.

Era un hombre dispuesto a ayudar. Un hombre de oficio, de manos trabajadoras, de esos que cuando había algo que hacer simplemente lo hacían.


Y yo fui descubriendo ese lado suyo especialmente cuando ya era adulta.


Cuando compré mi casa sola, mi padre estuvo allí para ayudarme a arreglarla. Hizo instalaciones eléctricas, puso rodapiés, arregló cosas de carpintería, colgó cuadros y solucionó todo aquello que se iba presentando.


Cuando comencé con mis exposiciones y con mis proyectos fotográficos también estuvo allí.

Recuerdo especialmente la preparación de los facsímiles de Mario para venderlos en Can Basté. Mi padre ayudándome, haciendo cosas con sus manos, estando presente. Siempre estaba. Y, sin embargo, no recuerdo haberle dicho suficientemente gracias.


No recuerdo haberle dicho que para mí fue una referencia de hombre trabajador, disponible y dispuesto a ayudar. Quizá damos por hecho que las personas que queremos saben lo que significan para nosotros.

Y muchas veces no es así.


También perdimos a mi hermano Mario. Murió muy joven, con 26 años, a causa de un tumor que en apenas veinte días acabó con su vida. No llegó a salir de la UCI. Su muerte fue un golpe para toda la familia.

Cada uno de nosotros ha vivido su duelo de una manera diferente.


Mi padre también tuvo que soportar esa pérdida.


Y después llegó el final de su propia vida, en marzo de 2020, en plena pandemia de COVID. Fue una de las épocas más dolorosas que recuerdo. No pudimos estar con él en el hospital. No pudimos acompañarlo como hubiéramos querido. No pudimos hablar con él, despedirnos, cogerle la mano ni decirle tantas cosas que se quedaron dentro. Murió y fue enterrado en unas circunstancias que todavía me duelen: con las restricciones de la pandemia, sin flores y sin poder estar yo presente en su entierro porque acababa de ser operada del tendón de Aquiles. Me quedó una conversación pendiente. Un gracias pendiente.

Un «te quiero» que quizá nunca dije suficientemente.


Y ahora, cuando pienso en mi padre, muchas veces no recuerdo al hombre que estaba fuera de casa trabajando cuando yo era niña. Recuerdo al hombre que, muchos años después, seguía estando allí cuando yo lo necesitaba.

El hombre que me ayudaba con mi casa.

El hombre que hacía cosas con sus manos.

El hombre que estaba presente en mis exposiciones y en mis proyectos.

El hombre que no necesitaba demasiadas palabras para ayudar.


Durante los dos años anteriores a su muerte, mis padres y yo vivimos juntos durante un tiempo. Yo estaba allí para cuidarlos y, de alguna manera, ellos también me cuidaban a mí. La vida nos había vuelto a poner juntos.


Quizá entonces pude ver a mi padre de otra manera.


Ya no solamente como aquel hombre que se marchaba a trabajar y que tantas veces estuvo ausente durante mi infancia, sino como una persona que había tenido que aprender a sobrevivir desde los once años y que había construido su vida trabajando, ayudando y sacando adelante a su familia.


Hoy pienso en él prácticamente cada día. Y también pienso en todo aquello que no le dije.


Creo que eso nos ocurre muchas veces con las personas que queremos. Pensamos que habrá tiempo para agradecer, para explicar, para pedir perdón, para decir «te quiero».


Y a veces el tiempo se acaba.


Siempre quedan cosas sin decir a nuestros padres, a nuestros hijos y a las personas que queremos.

Por eso hoy quiero dejar escrito algo que quizá debería haberle dicho cuando estaba vivo:



Gracias, papá.

Gracias por estar.

Gracias por enseñarme, sin demasiadas palabras, el valor del trabajo y de estar disponible para los demás.


Y gracias por haber sido parte de la mujer que soy.




1957 Mario Franco Mata

  • MI padre joven y feliz,  Mario Franco Mata en Isla Cristina

    Título de diapositiva

    Escriba su subtítulo aquí
    Botón
  • Mario Franco Mata mi padre ya en Barcelona un gran mecanico

    Título de diapositiva

    Escriba su subtítulo aquí
    Botón
  • Qué joven querido padre... Mario Franco Mata

    Título de diapositiva

    Escriba su subtítulo aquí
    Botón

  • 1962

    Título de diapositiva

    Escriba su subtítulo aquí
    Botón
  • 1966

    Título de diapositiva

    Escriba su subtítulo aquí
    Botón
  • 1976

    Título de diapositiva

    Escriba su subtítulo aquí
    Botón