CARTOGRAFÍA EMOCIONAL
EL LUGAR DONDE QUEREMOS ENVEJECER

Reflexiones sobre memoria, hogar y vejez.
Tengo tristeza, miedo, rabia y dolor.
Hace tiempo que me encuentro conmovida por algo que cada vez siento más cerca: la vejez. Por primera vez empiezo a mirar de frente lo que significa hacerse mayor, perder capacidades, necesitar ayuda y, quizá, dejar de poder decidir sobre la propia vida.
Parece que debería ser así. Que cuando somos más vulnerables necesitamos que otros decidan por nosotros. Que llega un momento en que los hijos tienen que tomar decisiones, organizar los cuidados, buscar soluciones y decidir qué es lo mejor.
Pero hay algo que me cuesta aceptar.
¿Qué ocurre cuando todavía eres tú, cuando todavía tienes recuerdos, deseos y una manera de entender tu vida, pero ya no puedes decidir dónde quieres vivir?
La memoria de una familia
Tengo recuerdos de la vejez de mis bisabuelos maternos. Yo tenía trece años cuando murió mi bisabuela.
Después estuvieron mis tías abuelas. Más tarde, mi abuela.
Ahora se acercan a esa etapa mi madre y mis tías.
Mis tíos ya han fallecido, algunos después de enfermedades que cambiaron sus vidas. En mi familia no ha existido, hasta ahora, la idea de una residencia como destino de la vejez. Los cuidados se resolvían de otra manera. Los hijos, las hermanas, la familia, estaban más cerca.
Antes parecía existir una especie de continuidad: los hijos cuidaban de sus padres de una manera u otra. No siempre era fácil, no siempre era justo y tampoco quiero idealizar aquel modelo. Pero había algo que formaba parte de nuestra idea de familia: permanecer cerca.
Hoy la realidad es diferente.
Las familias son más pequeñas. Los hijos viven lejos. Las mujeres trabajan. Las relaciones familiares han cambiado. Los cuidados requieren tiempo, recursos y conocimientos que no siempre tenemos.
Y aparece una palabra que cada vez escuchamos con más frecuencia: residencia.
No escribo esto para juzgar a quienes toman esa decisión. Sé que cuidar puede llegar a ser imposible. Sé que hay situaciones en las que una residencia puede ofrecer cuidados, seguridad y compañía que la familia no puede proporcionar.
Lo que me inquieta es otra cosa.
He visto cómo se llega a la vejez.
Pero quizá nunca había pensado qué significa llegar a ella cuando ya no puedes decidir dónde quieres vivir.
¿Qué es un hogar?
Quizá por eso pienso tanto en el hogar.
¿Qué es realmente una casa cuando envejecemos?
No son solamente cuatro paredes.
Es la silla en la que llevas años sentándote. Las fotografías. Los libros. La ventana desde la que has visto pasar las estaciones. El olor de la cocina. Los objetos que ya no utilizas pero que siguen teniendo un significado. La calle que reconoces. El vecino que sabe quién eres. La persona que llama a tu puerta y no necesita preguntarte tu nombre.
El hogar también es memoria.
Es una acumulación de pequeñas cosas que nos dicen quiénes somos.
Por eso abandonar una casa no significa únicamente cambiar de espacio.
A veces significa dejar atrás una parte de la vida.
Y quizá por eso me cuesta pensar en la vejez únicamente desde la necesidad de cuidados. Porque una persona mayor no es solamente un cuerpo que necesita ser atendido.
También es una historia.
Una memoria.
Una vida entera construida en un lugar.
Cuando otros tienen que decidir
Hay una situación que me resulta especialmente dolorosa:
cuando eres consciente, pero ya no puedes decidir.
Los hijos deciden buscando lo que consideran mejor. Lo hacen desde el amor, desde el cansancio, desde el miedo, desde la necesidad de proteger.
Y, sin embargo, que alguien decida por ti puede ser necesario y, al mismo tiempo, profundamente doloroso.
No hay una contradicción que pueda resolverse fácilmente.
Porque cuidar también significa decidir algunas veces por el otro.
Pero quizá deberíamos preguntarnos cuánto podemos seguir dejando que una persona decida sobre su propia vida incluso cuando necesita ayuda.
Dónde quiere vivir.
Qué objetos quiere conservar.
A quién quiere ver.
Cómo quiere pasar sus días.
Qué cosas todavía quiere hacer.
Qué significa para ella sentirse en casa.
Quizá cuidar no debería consistir solamente en proteger.
También debería consistir en preservar, todo el tiempo posible, la capacidad de elegir.
Y entonces pienso en mí
Tengo 62 años.
Y por primera vez miro la vejez no como algo lejano, sino como algo que también me pertenece.
Durante mucho tiempo he pensado que quería llegar a vieja.
Ahora descubro que esa esperanza también contiene miedo.
Quiero llegar a la vejez.
Pero quiero llegar siendo yo.
Quiero conservar mis recuerdos, mis decisiones, mis objetos, mis vínculos y mi manera de mirar.
Quiero poder reconocer el lugar donde vivo.
Quiero sentir que mi vida todavía me pertenece.
Quizá mi miedo no sea envejecer.
Quizá mi miedo sea llegar a una edad en la que todavía sea yo, pero ya no pueda decidir sobre mi propia vida.
Y quizá por eso escribo.
Porque mientras podamos hablar de cómo queremos envejecer, todavía estamos decidiendo.
Porque quizá el lugar donde queremos envejecer no sea solamente un espacio.
Quizá sea el lugar donde todavía podemos reconocernos.

