CARTOGRAFÍA EMOCIONAL

Reflexión del hogar

La casa como memoria, raíz y lugar de pertenencia.

Pienso en mi hogar.

Ahora mismo, mi lugar es una habitación de unos veinte metros cuadrados. Un espacio donde trabajo, descanso y me refugio. En esos pocos metros tengo mi mundo: mis imágenes, mis pensamientos, mis proyectos y mis silencios.

A veces pienso en volver a tener un hogar mío. Un lugar con ventanas grandes, con luz, y un pequeño espacio donde poder sentarme y tomar el aire.

No parece mucho pedir.

Sin embargo, cuando pienso en lo que significa tener un hogar, me doy cuenta de que no estoy hablando solamente de un espacio físico.

El hogar es algo más.


Las casas que habitamos

Recuerdo cada casa en la que he vivido.

Recuerdo la casa donde nací, aquí en Barcelona. Allí vivían mis abuelos y habían vivido también mis bisabuelos. Estaban mis tíos, mis padres y una historia familiar que comenzó mucho antes de que yo llegara al mundo.

Después vinieron otras casas.

Lugares donde crecí, donde cambiaron mis circunstancias, donde construí una familia y donde mis hijos crecieron.

Cada casa pertenece a un momento de mi vida. Cada una conserva recuerdos diferentes, experiencias, conversaciones y silencios. Algunas imágenes permanecen nítidas; otras aparecen de repente, como fragmentos de algo que creía olvidado.

Cuando lo pienso, comprendo que las casas también guardan nuestra memoria.

Sus paredes han visto pasar el tiempo. Las habitaciones han cambiado de función, los muebles se han movido, las personas han llegado y se han marchado. Pero algo permanece en nosotros, unido a aquellos espacios.

Quizás por eso recordamos una casa no solamente por cómo era, sino por lo que vivimos en ella.


El hogar es sagrado

Para mí, el hogar es sagrado.

Es el lugar donde vamos dejando nuestras raíces, nuestro tiempo y nuestra energía. Donde construimos relaciones, donde cuidamos y somos cuidados, donde atravesamos las dificultades y celebramos las pequeñas cosas de la vida.

Tener un hogar significa disponer de un lugar al que regresar. Un espacio donde sentir que podemos bajar la guardia, donde no necesitamos demostrar nada, donde podemos simplemente estar.

Por eso me cuesta entender que la vivienda pueda tratarse únicamente como una inversión, como un producto sujeto a la especulación o como una oportunidad para obtener un beneficio económico.

Detrás de cada puerta hay una vida.

Hay personas que han dedicado años a construir su hogar. Hay familias que han crecido entre aquellas paredes. Hay personas mayores para quienes abandonar su casa significa desprenderse también de una parte de su historia.

Cuando alguien pierde su vivienda, no siempre pierde solamente un techo. Puede perder también su entorno, sus referencias, sus vecinos y una parte de su identidad.

Y eso debería hacernos reflexionar.


Las raíces necesitan tiempo

Las raíces no aparecen de un día para otro.

Se construyen con el tiempo, con la experiencia y con la relación que establecemos con un lugar. Necesitan continuidad, cierta estabilidad y la posibilidad de imaginar un futuro.

También ocurre con los barrios y las ciudades. Los espacios que habitamos forman parte de nuestra historia personal y colectiva. En ellos aprendemos a reconocernos, a convivir y a comprender de dónde venimos.

Barcelona es para mí mucho más que una ciudad. Es el lugar donde nací, donde se encuentra mi memoria familiar y donde se han ido construyendo distintas etapas de mi vida.

Las casas cambian, los barrios se transforman y las ciudades se modifican. Pero cuando esos cambios expulsan a las personas de los lugares donde han construido su vida, algo más que el paisaje se transforma.

Se rompe una continuidad.

Quizás por eso necesitamos defender el derecho a permanecer, a construir vínculos y a tener un lugar propio desde el que vivir.


Quiero formar parte del cambio

Estos días, mientras observo lo que está sucediendo alrededor de la vivienda, pienso también en mi propia vida y en todo lo que significa tener un hogar.

Comprendo que mi reflexión personal forma parte de una cuestión colectiva. Lo que le sucede a una persona puede parecer algo individual, pero cuando se repite en tantas vidas deja de ser un problema aislado.

Tengo menos energía que antes, pero la que me queda quiero dedicarla a formar parte de este cambio.

Quiero escuchar, aprender, compartir y participar. No quiero limitarme a observar cómo pasan las cosas si todavía puedo aportar algo.

A lo largo de mi vida he fotografiado espacios, edificios, cuerpos y territorios. He buscado las huellas que deja el tiempo y aquello que permanece cuando las cosas se transforman.

Hoy pienso que el hogar también es una de esas huellas.

Un lugar que nos construye y al que, de alguna manera, seguimos perteneciendo incluso cuando ya no estamos allí.

No sé cómo serán las casas del futuro ni cómo conseguiremos resolver los problemas que tenemos delante. Pero sí sé que una sociedad debería poder garantizar que las personas tengan un lugar digno donde vivir.

Porque una casa no debería ser un privilegio.

Debería ser el lugar desde donde empezar, continuar y construir nuestra vida.

Y porque, al final, cuando pienso en el hogar, vuelvo siempre a la misma idea:


El hogar es mucho más que un lugar donde vivir. Es el lugar donde nuestra vida echa raíces.


Mi hogar