CARTOGRAFÍA EMOCIONAL

¿Qué permanece cuando aquello que vemos está cambiando?

FOTOGRAFÍA Y PASO DEL TIEMPO


Hay algo inevitable en el acto de fotografiar: cuando detenemos un instante, aquello que hemos fotografiado ya ha comenzado a desaparecer.


La fotografía recoge una mínima parte de lo que existe a nuestro alrededor. Una porción de realidad que seleccionamos desde nuestra mirada, desde nuestra experiencia y desde el lugar que ocupamos en ese momento. Todo lo demás queda fuera del encuadre. Los sonidos, los movimientos, la atmósfera, las circunstancias y las presencias que daban sentido a aquella escena continúan su camino, ajenos a nuestra intención de conservarlos.


Una mirada es efímera. Se produce en un instante y pertenece a un tiempo que ya no volverá a repetirse de la misma manera. La imagen parece detenerlo, pero únicamente conserva una parte de lo sucedido.


Tampoco la fotografía permanece intacta. El papel envejece, los pigmentos se alteran, los soportes digitales quedan obsoletos y las tecnologías que permiten acceder a las imágenes cambian. Incluso aquello que consideramos una forma de permanencia está sometido al deterioro, a la transformación y, finalmente, a la posibilidad de desaparecer.


Algo parecido sucede con nuestra memoria.


Recordamos, pero no reproducimos fielmente lo vivido. Con el paso del tiempo, los recuerdos se mezclan con otras experiencias, pierden detalles, incorporan sensaciones y adquieren significados nuevos. A veces creemos recordar una escena tal como ocurrió, cuando en realidad estamos recordando la última vez que la reconstruimos en nuestra mente.


La fotografía y la memoria comparten esa fragilidad. Ambas intentan preservar algo que ya no está, pero ninguna puede devolvernos la totalidad de lo vivido.


Quizá lo único verdaderamente seguro sea la existencia de aquel instante y la huella que dejó en nosotros. La imagen es una evidencia de que estuvimos allí, de que algo sucedió y de que, en un momento determinado, nuestra mirada encontró algo que merecía ser observado.


Pero después todo cambia. Cambia el lugar, cambia la luz, cambia nuestra manera de mirar y cambiamos nosotros mismos. Lo que una vez parecía evidente comienza a desdibujarse. Incluso aquello que permanece físicamente deja de ser exactamente lo que fue.


Me pregunto entonces si fotografiar consiste realmente en conservar o, más bien, en reconocer la desaparición inevitable de las cosas.


Tal vez fotografiamos precisamente por eso: porque sabemos que nada permanece igual y porque necesitamos dejar alguna huella de aquello que, de otro modo, podría perderse para siempre.

Quizá fotografiar sea, en el fondo, una forma de enfrentarnos a nuestra propia fragilidad. Intentamos retener aquello que sabemos que cambiará, dejar una huella de lo que hemos visto y de lo que, por un instante, ha formado parte de nuestra vida.


Pero ni la imagen ni la memoria pueden garantizar que algo permanezca intacto. Todo se transforma, se desplaza y, poco a poco, se desdibuja. También nuestra manera de mirar aquello que alguna vez nos pareció importante.


Al final, la fotografía no nos devuelve el instante. Nos permite volver a él desde otro tiempo, con otra mirada y con una memoria que ya no es la misma.

Tal vez no fotografiamos para conservar lo que existe, sino para dejar constancia de aquello que inevitablemente dejará de existir.


Y entonces queda una pregunta:

 ¿qué permanece realmente de aquello que hemos vivido, cuando incluso nuestros recuerdos comienzan a transformarse?