CARTOGRAFÍA EMOCIONAL

EL AGUA QUE LA CIUDAD DEJÓ DE MIRAR

MEMORIA DEL TERRITORIO, NATURALEZA Y TRANSFORMACIÓN URBANA


El pasado 31 de octubre participé en Libacions (Torrent d’en Duran i Riera d’Horta), una performance colectiva de la artista Anna Dot que nos invitaba a recorrer Barcelona desde otra perspectiva: siguiendo la memoria de las aguas que un día formaron parte del paisaje natural y que hoy permanecen ocultas bajo la ciudad.


El recorrido comenzó en los Jardines del Laberint d’Horta y terminó en la playa de Llevant. Unos nueve kilómetros para reconocer las huellas de los antiguos cursos de agua, en particular el Torrent d’en Duran y la Riera d’Horta.


Éramos un grupo de unas quince personas. Caminamos en silencio, intentando tomar conciencia de aquello que habitualmente pasa inadvertido bajo nuestros pies. En diferentes fuentes del recorrido nos detuvimos para recoger agua en unos recipientes de barro elaborados por Anna y su familia.


Aquellos pequeños gestos formaban parte de la acción colectiva. Recoger el agua, transportarla y compartirla se convertía en una manera de reconocer su presencia y rendir homenaje a un elemento imprescindible para la vida.


El concepto de libación, presente en antiguas prácticas rituales, hace referencia a la ofrenda de un líquido como gesto simbólico. En esta ocasión, el agua se convertía en el centro de una experiencia compartida: un reconocimiento a la naturaleza y a los cursos de agua que han quedado fuera de nuestra percepción cotidiana.


Cuando la ciudad transforma la naturaleza

La experiencia me hizo pensar en cómo hemos ido modificando el territorio para adaptarlo a nuestras necesidades. Los torrentes y las rieras, que durante siglos configuraron el paisaje y condicionaron la vida de sus habitantes, han sido canalizados, cubiertos o incorporados a las infraestructuras urbanas.


La ciudad ha crecido sobre ellos. Hemos construido calles, edificios y grandes infraestructuras sin que necesariamente seamos conscientes de aquello que permanece debajo.


El agua sigue formando parte de la geografía de Barcelona, aunque hayamos perdido la relación directa con sus recorridos naturales.


Esta transformación plantea una cuestión que va más allá de la ingeniería o del urbanismo:


¿qué sucede cuando dejamos de reconocer los procesos naturales que han dado forma al lugar donde vivimos?


No se trata de negar la evolución de las ciudades ni sus necesidades de crecimiento, sino de preguntarnos si hemos sabido convivir con el territorio o si, por el contrario, hemos intentado someterlo completamente a nuestra voluntad.


Recuperar la memoria de lo que no vemos

La propuesta de Anna Dot me pareció especialmente interesante porque utiliza el arte y la acción colectiva para recuperar una memoria que no siempre está presente en los mapas ni en nuestra experiencia cotidiana.


Caminar en silencio, detenernos en las fuentes y participar en aquel pequeño ritual permitió establecer otra relación con el espacio urbano. Durante unas horas, Barcelona dejó de ser únicamente un conjunto de calles, edificios y vías de circulación para convertirse en un territorio atravesado por una historia natural que continúa existiendo.


La investigación de Anna Dot sobre las aguas, desarrollada entre París y distintos lugares de Catalunya, abre también una reflexión sobre la relación entre el conocimiento, el paisaje y la memoria.


Quizás necesitamos aprender a mirar de nuevo. Reconocer que el territorio tiene una historia anterior a nuestras construcciones y que sus transformaciones dejan huellas, incluso cuando ya no somos capaces de percibirlas.


Una ciudad también debería escuchar a la naturaleza

Vivimos rodeados de infraestructuras que organizan nuestra vida cotidiana. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en los caminos naturales que hemos interrumpido, en los cursos de agua que hemos ocultado o en los ecosistemas que han tenido que adaptarse a nuestras intervenciones.


La naturaleza no es un espacio independiente de la ciudad. Forma parte de ella, aunque muchas veces la hayamos apartado de nuestra mirada.


Esta caminata me dejó una pregunta:

¿podemos imaginar ciudades que no solamente crezcan y se transformen, sino que también aprendan a respetar y reconocer los procesos naturales que las sostienen?


Quizás recuperar la memoria del agua sea también una manera de recuperar nuestra propia relación con el territorio.


Porque aquello que dejamos de ver no deja necesariamente de existir. A veces, simplemente, hemos olvidado cómo mirar.