CARTOGRAFÍA EMOCIONAL

CONVERSACIONES | ¿DE QUIÉN ES LA CIUDAD?

Barcelona: desigualdad, vivienda y dignidad humana.


La dignidad de una ciudad también se mide por la manera en que cuida a quienes viven en ella.


Ayer domingo 1 de noviembre  salí a recorrer Barcelona. Después de visitar ArtsLibris, continué caminando por el Raval. Lo que comenzó como una jornada vinculada a la cultura terminó convirtiéndose en una reflexión sobre la ciudad y las desigualdades que conviven en sus calles.


Las calles estaban sucias. En distintos rincones encontré personas durmiendo en la calle, algunas junto a las fachadas, otras en portales y espacios que parecen haberse convertido en refugios improvisados.


Al llegar a la iglesia de Sant Agustí me encontré con una escena difícil de ignorar. En la puerta, una persona pedía ayuda económica. Dentro se celebraba la misa del domingo. En uno de los arcos laterales, otra persona permanecía tumbada, cubierta con una manta, intentando descansar.




En el lateral donde se encuentra el comedor, dos personas conversaban y otra estaba tendida directamente sobre el suelo, sin manta ni cartones.


Me detuve a observar aquella contradicción. Mientras dentro se celebraba una ceremonia religiosa, a pocos metros había personas que no tenían un lugar digno donde pasar la noche.


No pretendo juzgar a quienes estaban allí ni reducir una realidad compleja a una imagen. Pero resulta inevitable preguntarse qué distancia existe entre los discursos sobre la solidaridad, la dignidad humana y la realidad cotidiana de quienes viven en una situación de desprotección.


La situación tampoco termina en el Raval. En plaza Catalunya, la reivindicación por una vivienda digna había convertido el espacio público en un lugar de protesta y visibilidad. Se planteaba levantar la acampada, pero detrás de algunas de esas tiendas había personas para las que marcharse no significaba regresar a casa.


Significaba enfrentarse de nuevo a la ausencia de un lugar donde vivir.



También encontramos tiendas de campaña en otros puntos de Barcelona, incluso en el entorno de la autovía del litoral, donde algunas llevan años formando parte de un paisaje que parece haberse normalizado.


Y ahí aparece una de las preguntas que más me inquietan:


¿en qué momento hemos aprendido a convivir con estas situaciones sin que nos interpelen?




Barcelona es una ciudad de grandes transformaciones, de edificios emblemáticos, de acontecimientos culturales, de inversiones y de discursos sobre modernidad y progreso. Una ciudad que proyecta una imagen internacional y que genera enormes oportunidades económicas.


Sin embargo, ese progreso no llega a todas las personas de la misma manera.


Mientras algunas acumulan fortunas difíciles de imaginar, otras no pueden garantizar algo tan elemental como un techo, una cama, una ducha o un espacio donde sentirse protegidas. No se trata de enfrentar a unas personas con otras, sino de preguntarnos qué modelo de sociedad estamos construyendo y qué lugar ocupa la dignidad humana en él.


Se habla mucho de las desigualdades, se escriben informes, se organizan debates y se elaboran diagnósticos. Todo ello es necesario. Pero también necesitamos respuestas concretas: políticas de vivienda, recursos sociales, acompañamiento, oportunidades laborales y espacios de convivencia que permitan recuperar la autonomía y el sentimiento de pertenencia.



No podemos pedir a las personas que se integren en una sociedad que, en demasiadas ocasiones, no les ofrece ni siquiera las condiciones básicas para hacerlo.


La ciudad no debería ser un privilegio reservado a quienes pueden pagarla. Es un espacio compartido, construido a lo largo del tiempo por generaciones de personas diferentes, con distintas historias, trabajos y circunstancias.


Quizás deberíamos empezar por mirar de otra manera aquello que hemos terminado aceptando como habitual. No apartar la mirada, no convertir la pobreza en parte del mobiliario urbano y no olvidar que detrás de cada persona que duerme en una acera existe una vida que merece ser reconocida.




Una ciudad no es solamente aquello que construye, conserva o exhibe. También es aquello que permite vivir a quienes la habitan.


Y me sigo preguntando:



 ¿podemos hablar de una Barcelona moderna, abierta y cohesionada mientras tantas personas no tienen un lugar donde vivir?


Porque una ciudad digna no se mide únicamente por su riqueza, sino también por la capacidad de no dejar a nadie fuera.